En el majestuoso coliseo del Estadio Cuauhtémoc, dos titanes de lo predecible se preparan para un duelo épico. No, no hablamos de gladiadores, sino de Puebla y Mazatlán FC, esas instituciones dedicadas con fervor religioso a ocupar los lugares que nadie más quiere.
La Liga MX, en su infinita sabiduría, ha decidido que la mejor preparación para una Copa del Mundo es observar cómo dos equipos luchan por no ser el peor entre los malos. Es una suerte de calentamiento filosófico. ¿Cómo llegan? Con la elegancia de un elefante en una cacharrería, tras caer ante rivales que tampoco inspiran precisamente temor.
“Más allá de verlos luchar por el campeonato, desean que el equipo muestre regularidad”, reza el comunicado oficial.
He aquí el sueño moderno del aficionado: ya no anhela títulos, sino regularidad. Aspira a la gris medianía constante. Es el triunfo definitivo de la burocracia sobre la ambición.
El partido es presentado como un evento crucial. La presión por ganar es tan intensa como la que ejerce un globo desinflado. Ambos conjuntos intentarán ‘liberar’ esa presión acumulada en… un solo partido perdido. Una tragedia griega en short.
Mientras el mundo se prepara para el Mundial 2026, México perfecciona el arte sublime de la expectativa baja. Cada pase fallido, cada ocasión desaprovechada, es un ladrillo más en este monumento a la conformidad institucionalizada. Que empiece el espectáculo de lo irrelevante.















