En un acto de puro realismo mágico deportivo, la nación del sol, el chile y las playas caribeñas se prepara para conquistar los Alpes. Dos valientes pioneros, Regina Martínez y Allan Corona, han sido ungidos con la sagrada bandera tricolor para una misión imposible: competir en esquí de fondo.
Recibieron el lábaro patrio de manos de la mandataria en Palacio Nacional, en una ceremonia donde el simbolismo pesaba más que la nieve acumulada en toda la historia del Ajusco.
La delegación mexicana, que tradicionalmente brilla en el calor de los estadios, ahora se enfunda en lycra térmica. Su hazaña no es solo deportiva; es una alegoría sobre la asignación de recursos en un país con urgencias más terrenales. Mientras entrenan en Europa, puliendo su técnica en nieve ajena, uno se pregunta si no sería más barato importar un glaciar a Tlalnepantla.
El gran público, más familiarizado con los goles que con los giros nórdicos, tendrá que madrugar para seguir la gesta. Las transmisiones a las 4:45 AM son quizás la metáfora más precisa: un esfuerzo heroico y casi onírico, visible solo para los más dedicados o los que padecen insomnio.
Su participación “inspirará a nuevas generaciones”, proclama el comunicado oficial. A inspirarse, pues, entre el asfalto caliente y la fantasía alpina. Que su sudor bajo cero sirva al menos para cuestionar nuestras prioridades nacionales, tan surrealistas a veces como enviar esquiadores a Italia.

















