El circo romano moderno: cuando los tigres y los pumas sustituyen al pan
Este miércoles, exactamente a las 21:06 horas —porque la precisión cronológica otorga solemnidad a lo trivial—, se celebrará el ritual semanal donde miles adorarán a dioses con patrocinios corporativos en la espalda. Los Tigres de la UANL, criaturas que paradójicamente representan una institución educativa pero cuyo presupuesto haría ruborizar al departamento de filosofía, recibirán a los Pumas de la UNAM, felinos igualmente académicos pero con un aura de romanticismo decadente.
“Los pupilos de Efraín Juárez inician el torneo con incertidumbre”
¡Qué metáfora más perfecta para la condición humana moderna! Iniciamos todos nuestros proyectos con incertidumbre, solo que nosotros no tenemos millones de pesos en contratos televisivos para consolarnos cuando las cosas salen mal.
Los Auriazules —color que evoca tanto el cielo como las tarjetas de crédito premium— enfrentan lo que los cronistas deportivos llaman “una de las visitas más complicadas del torneo”. Traducción: deberán jugar fútbol en un estadio donde los aficionados locales creen que su pasión justifica gritar insultos creativos durante noventa minutos.
Mientras tanto, los Tigres, subcampeones del Apertura 2025 —título que suena impresionante hasta que recuerdas que significa “segundos mejores entre dieciocho”— quieren “conservar su racha positiva”. Como si la vida fuera una sucesión lineal de éxitos y no un caótico vaivén donde a veces ganas 1-2 contra San Luis y otras veces tu equipo desciende misteriosamente.
La estadística: el opio del aficionado moderno
“En los últimos cinco encuentros…” comienza la letanía sagrada. Dos triunfos, tres empates. Tres puntos aquí, una unidad allá. Noveno lugar en “la general”. Construimos catedrales matemáticas sobre cimientos de arena emocional, como si estos números pudieran capturar la belleza efímera de un gol en contracción o la tragedia shakesperiana de un penal fallado.
El juego podrá verse por Tv Azteca, naturalmente. Porque lo importante no es vivir la experiencia, sino consumirla a través del filtro adecuado, con repeticiones en cámara lenta y comentaristas que analizan tácticas con la profundidad filosófica que otros reservan para el estudio de Kant.
Al final, ganará algún equipo. Perderá el otro. Y todos nosotros habremos dedicado dos horas preciosas de nuestra única existencia terrenal a observar adultos persiguiendo una esfera de cuero, convencidos —solo momentáneamente— de que esto importa más que las guerras, las injusticias o el lento colapso ecológico.
Qué sociedad tan peculiar hemos construido, donde los héroes visten short y los poetas están desempleados.















