En el gran circo del fútbol mexicano, donde los héroes de ayer son los villanos de hoy y viceversa, Hugo González escribió este fin de semana un capítulo digno de la más absurda telenovela deportiva.
El hombre que durante su paso por Monterrey acumuló más errores que un político en campaña, se transformó en la muralla infranqueable que le arrebató el triunfo a su antiguo empleador. La justicia poética, ese concepto tan querido por las masas, se materializó en una atajada de penalti.
“Son sensaciones encontradas. Uno nunca quiere este tipo de situaciones con la afición de ningún equipo, pero es lo que me toca vivir”, declaró González con la serenidad de un filósofo estoico que acaba de descubrir el significado de la vida entre los tres palos.
Lo verdaderamente fascinante no es la atajada en sí, sino el perfecto guion que la vida -o algún escritor divino con sentido del humor- preparó para la ocasión. El mismo jugador que recibía abucheos ahora recibe aplausos (de los pocos visitantes que hicieron el viaje, claro).
Gonzánez lanzó luego su dardo envenenado: ahora está en un equipo donde “se pueden alcanzar metas importantes”. Traducción: en mi antiguo trabajo no me dejaban brillar, o quizás simplemente no era lo suficientemente bueno.
Así funciona este extraño universo donde el fracaso en una ciudad se convierte en materia prima para el éxito en otra. Donde los errores pasados son borrón y cuenta nueva con cada contrato firmado.
Mientras Toluca celebra su primer triunfo y Santos Laguna llora su mal comienzo, González ha descubierto la fórmula mágica del fútbol moderno: hoy eres cero, mañana podrías ser héroe. Depende principalmente de contra quién juegues.

















