En un espectáculo de duelo convertido en tragicomedia náutica, la insigne actriz Maribel Guardia desveló el episodio en el que el dolor, disfrazado de homenaje etílico, estuvo a punto de convertirla en una ofrenda marítima para su difunto vástago. La pérdida de su hijo, ese acontecimiento que la sociedad espera que las celebridades procesen entre lágrimas fotogénicas y declaraciones pulcras, la condujo por el sendero más trillado del melodrama humano: la autodestrucción como tributo.
Durante su peregrinación por el circo televisivo del “Pinky Promise”, donde la confesión íntima es moneda de cambio y el rating se alimenta de desgarro, la artista aceptó narrar su “peor borrachera”. Acto seguido, se apresuró a aclarar, con la solemnidad de una jurista, que ella es abstemia por decreto propio, salvo por “una copa de vino cada muerte de obispo”. He aquí el primer acto de la farsa: establecer la propia inocencia antes de relatar la caída en desgracia, como si el consumo esporádico otorgara una patente de corso moral.
El meollo del asunto llegó seis lunas después del fallecimiento. Abordaron una embarcación privada, ese símbolo por excelencia del ocio opulento, donde el océano se convierte en el telón de fondo para cualquier drama. Presa de una aflicción que la razón no lograba domeñar, pronunció el hechizo que millones de afligidos han musitado antes: “por mi hijo, me voy a tomar una copa… y otra y otra”. Así, el licor se transmutó de veneno a libación sagrada, y la embriaguez, en un rito de comunión con el ausente.
La borrachera, esa demócrata niveladora de sentidos, la impulsó a buscar iluminación en la cubierta. Decidió meditar, fusionando la búsqueda espiritual de occidente con la torpeza etílica, en un performance de duelo de altísimo riesgo. La pose contemplativa se resolvió en un vuelo ingrávido y un chapuzón estrepitoso en las frías fauces del mar. Milagrosamente, emergió aferrada a una soga, como si el propio barco, avergonzado, le tendiera un cordón umbilical de salvación.
El desenlace, narrado con la estética de un milagro laico, fue atribuido a la intervención divina del hijo fallecido. “Yo creo que Julián me salvó desde arriba”, sentenció. En esta lógica sublime, el vástago, convertido en ángel guardián de guardia, observó desde el más allá cómo su progenitora libaba en su nombre y casi se ahoga, para luego extender una mano celestial. La moraleja fue inmediata y absoluta: el alcohol fue desterrado para siempre. La experiencia se canonizó como una señal, evitando así los incómodos interrogantes sobre el manejo del dolor en la opulencia y la peligrosa romantización del escape químico. La sociedad puede respirar aliviada: la estrella sobrevivió para convertir su casi-tragedia en una lección televisada, donde el absurdo se viste de epifanía y el accidente, de destino.


















