En un acto de devoción filial tan profundo como estratégico, el bardo Christian Nodal, oriundo de Sonora, decidió que la celebración de sus veintisiete primaveras debía rendir tributo a la tierra de su suegro. No a la suya. La geografía afectiva, al parecer, se redefine con los contratos matrimoniales.
El programa ‘Ventaneando’, en una misión casi antropológica, se infiltró en ‘el Soyate’. Allí documentó una cena donde la carne asada y el pulquero pulpo fueron los protagonistas, coreografiados por un chef personal. Un detalle menor: los ausentes. Ni rastro de los progenitores del homenajeado. En su lugar, desfilaron figuras como Kunno y el dúo Rommel Pachecho y Lylo Fa, cuya principal contribución a la velada fue haber sido avistados previamente en un aeropuerto.
“No le pido nada a la vida, hermano, la vida me lo da todo”, declaró el cantante, filosofando entre festín y festín.
La celebración fue una coreografía perfecta de exceso. Del rancho a la ‘callejoneada’ vigilada por un operativo que mantuvo a raya al vulgo fanático. Luego, otra fiesta con DJ y juegos artificiales que iluminaron el cielo zacatecano hasta la madrugada del día exacto del natalicio. Como si el tiempo mismo tuviera que ajustarse al guion.
La apoteosis llegó el domingo. Los invitados, ahora transformados en piratas por decreto del anfitrión, descendieron 280 metros bajo tierra en un tren hacia ‘El Edén’, un bar enclavado en una mina. Allí, entre algas marinas y frijoles charros, hubo pastel. Porque ¿qué es un cumpleaños sin pastel, incluso en las entrañas de la tierra?
“Nos agarraron de fiesta”, explicó Ángela Aguilar, esposa y autoproclamada representante cultural. “Traer a mi esposo a hacer una callejoneada… estamos contentos”.
Promoción cultural mediante pachanga privada y seguridad perimetral. Una fórmula novedosa.
Ella también aclaró un punto crucial sobre su estado civil: “Ya me casé, pero sí otra, la religiosa, la que cuenta”. Una jerarquía celestial de ceremonias que todo lo aclara.
Tres días ininterrumpidos. Un caballo de regalo del suegro. Una casa construida desde la mayoría de edad. Un festejo que fue menos una celebración y más una declaración territorial: del poder, de la nueva familia y del derecho a convertir la vida privada en un espectáculo público meticulosamente gestionado. La vida, efectivamente, lo daba todo. Y ‘Ventaneando’ estaba allí para contarlo.

















