Colombia moviliza su soberanía ante advertencias de Estados Unidos

BOGOTÁ — Desde mi experiencia observando la diplomacia y la política interna en la región, he visto cómo ciertos episodios catalizan el sentimiento nacional. Lo que vive Colombia no es una simple protesta; es un pulso de soberanía. El gobierno convoca una manifestación masiva este miércoles en múltiples urbes, buscando un respaldo popular contundente para el presidente Gustavo Petro y en defensa de la autonomía nacional. Este llamado surge como réplica directa a las recientes y graves advertencias de una eventual acción militar estadounidense en territorio andino, un tipo de retórica que, en décadas de relaciones complejas, suele marcar un antes y un después.

El llamado a las plazas: más que una marcha, un símbolo

“Este es el momento de salir, de encontrarnos, de alzar la bandera tricolor y decir con firmeza que Colombia se respeta”, proclama la convocatoria oficialista. He aprendido que cuando un gobierno moviliza a la ciudadanía hacia espacios icónicos como la Plaza de Bolívar, está apelando a un simbolismo profundo, buscando tejer una narrativa de unidad patriótica. Petro instó a embanderar casas y edificios, aspirando a una congregación multitudinaria. En la práctica, estas acciones buscan convertir una crisis diplomática en un capital político interno, aunque el riesgo de polarización es alto, como bien lo demuestran las reacciones opositoras.

La oposición cuestiona la estrategia y señala contradicciones

La respuesta de sectores opositores era previsible. La senadora Paloma Valencia, precandidata presidencial, acusó al mandatario de hipocresía, recordando sus propios discursos críticos contra el liderazgo estadounidense. En mi trayectoria, he visto cómo estos intercambios revelan una lección clave: la coherencia en política exterior es un activo frágil. Cuando un líder utiliza un lenguaje confrontativo internacionalmente, difícilmente puede apelar después a principios diplomáticos impecables cuando es él el objeto de los ataques. La oposición explota esta contradicción, fragmentando el frente interno que el oficialismo intenta construir.

El detonante: operativos militares y acusaciones sin precedentes

El verdadero punto de inflexión, lo que elevó la tensión de un malestar a una alerta máxima, fue la incursión militar en Venezuela que resultó en la detención de Nicolás Maduro. Tras ese evento, las declaraciones del presidente Donald Trump poniendo en la mira a Colombia y acusando personalmente a Petro de narcotráfico fueron un golpe bajo sin precedentes recientes. He sido testigo de muchas tensiones bilaterales, pero las acusaciones personales y la sugerencia pública de una operación militar similar contra un aliado tradicional marcan un nuevo y peligroso capítulo. La respuesta de la cancillería colombiana, presentando una queja formal, es el protocolo necesario, pero en la calle, la herida es más profunda.

El cierre de filas oficialista y la narrativa de persecución

Ministros y altos funcionarios colombianos han cerrado filas alrededor de una narrativa poderosa: la de la persecución internacional por un liderazgo progresista. Argumentan que Petro es atacado por defender la soberanía, el multilateralismo y la causa palestina. En la práctica, he observado que esta estrategia de victimización y heroísmo puede galvanizar a la base política, pero también aísla al país en foros internacionales más conservadores. La declaración oficial que califica los hechos como “violatorios del derecho internacional” busca enmarcar el conflicto no como una riña bilateral, sino como una lucha de principios, un movimiento táctico para ganar aliados globales.

Un presidente izquierdista en la mira de una potencia histórica

Gustavo Petro, el primer mandatario de izquierda en la historia de Colombia, ha sido desde su elección una piedra en el zapato para la política tradicional hemisférica. Su crítica férrea a la intervención estadounidense en Venezuela y a los operativos antidroga en el Caribe —que él tilda de “ejecuciones extrajudiciales”— lo colocaron en una ruta de colisión. Las sanciones de Estados Unidos contra él y su familia por presunto narcotráfico, que él niega, son la herramienta de presión clásica. La lección que la historia nos deja es que cuando la presión económica y diplomática no da los resultados esperados, la escalada retórica —y a veces militar— se convierte en una tentación peligrosa para las potencias. Colombia, con esta marcha, no solo defiende a su presidente; está intentando, desde la calle, trazar una línea roja.

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