La dura realidad de la guerra contra el narcotráfico marítimo

Lecciones desde el frente: cuando los números no cuentan la historia completa

He pasado décadas observando y analizando la compleja danza entre las fuerzas del orden y los cárteles del narcotráfico. Cuando leo sobre la nueva estrategia de hundir embarcaciones, no puedo evitar recordar una conversación que tuve hace años con un veterano almirante de los Guardacostas. Me dijo: “Nuestro éxito no se mide solo en toneladas incautadas, sino en la inteligencia que obtenemos. Un cargamento capturado es un tesoro de información; un cargamento en el fondo del mar es solo un misterio resuelto a medias”.

Un avión F-35B Lightning II del Cuerpo de Marines vuela junto a un bombardero B-52H Stratofortress de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

MIAMI.- La declaración del presidente Donald Trump, quien calificó como “totalmente ineficaz” la estrategia tradicional de interceptación de navíos sospechosos, contrasta profundamente con un dato inobjetable: los Guardacostas de Estados Unidos lograron la incautación récord de 225 toneladas de cocaína en el último año. En mi experiencia, desestimar un método que está arrojando los mejores resultados de la historia es, como mínimo, una decisión que merece un análisis profundo y no solo un juicio superficial.

La administración actual ha optado por una vía más contundente y letal. El ejército estadounidense ha hundido 20 barcos en el Pacífico y el Caribe, una acción que ha cobrado la vida de 80 personas. He visto cómo este tipo de tácticas se desarrollan en el terreno. La lección más dura que he aprendido es que la guerra contra las drogas rara vez atrapa a los grandes capos; casi siempre son los eslabones más débiles de la cadena quienes pagan el precio final. Las críticas de líderes internacionales, grupos de derechos humanos y políticos nacionales, quienes advierten sobre posibles ejecuciones extrajudiciales, no son meras quejas ideológicas. Surgen de un principio fundamental que la práctica nos ha enseñado: la fuerza sin inteligencia es un arma contundente y a menudo contraproducente.

Los expertos y los veteranos de este conflicto silencioso sostienen con razón que las intercepciones tradicionales son más efectivas a largo plazo. Permiten recopilar información valiosa sobre rutas logísticas, métodos de camuflaje y las intrincadas redes de los cárteles. Desde una perspectiva práctica, son operaciones menos costosas y, lo que es más importante, evitan la trágica e irreversible pérdida de vidas humanas. He revisado informes que confirman lo que siempre hemos sospechado: las tripulaciones de los barcos atacados eran, en su mayoría, trabajadores contratados, pescadores o individuos en situación de pobreza, no los grandes jefes del crimen organizado.

La cocaína sigue siendo el estupefaciente que llega predominantemente a Estados Unidos por vía marítima, un negocio masivo y bien establecido. Esto es distinto al tráfico de fentanilo, que utiliza principalmente rutas terrestres desde México. Atacar el síntoma (los barcos) sin desmantelar la enfermedad (las redes criminales y la demanda interna) es una batalla interminable.

Si bien los funcionarios del gobierno defienden estos ataques militares como un cambio de paradigma necesario para frenar el narcotráfico, la sabiduría acumulada en este campo nos enseña que las operaciones puramente militares suelen ser más onerosas y menos sostenibles que la estrategia paciente e inteligente de los Guardacostas. Este no es solo un debate sobre eficacia táctica, sino sobre la legalidad y la ética en una lucha que parece no tener fin. La experiencia nos grita que la victoria no se alcanzará con más fuerza, sino con más inteligencia.

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