Tras décadas observando la compleja realidad venezolana, he aprendido que los momentos de mayor convulsión política son también los de mayor silencio popular. Lo que estamos viendo ahora no es la exaltación de una victoria, sino el peso agobiante de una incertidumbre que conozco demasiado bien. Las calles de Caracas presentan un cuadro dividido: por un lado, manifestaciones multitudinarias de seguidores del depuesto presidente Nicolás Maduro repudian su captura en una operación militar estadounidense. Por otro, una gran parte de la ciudadanía que, aunque podría albergar esperanzas de cambio, rehúye cualquier expresión pública de júbilo por un temor profundamente arraigado. La lección más dura que he internalizado es que, en estos contextos, la prudencia no es cobardía, sino un instinto de supervivencia.
La experiencia me dice que la verdadera pregunta no es quién ocupa el palacio, sino quién controla los mecanismos del Estado. La exvicepresidenta Delcy Rodríguez asumió constitucionalmente la presidencia interina, pero el poder real parece residir en una coalición de altos mandos del chavismo, como el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, y el poderoso Diosdado Cabello. He visto antes esta película: las estructuras de lealtad y control suelen ser más resilientes que los individuos. La autoridad fiscal ya ha declarado ilegal el procesamiento de Maduro en Estados Unidos, alegando inmunidad presidencial, una jugada legal previsible que busca ganar tiempo en el tablero internacional.
La dualidad del poder y el miedo en la calle
El testimonio de Tibisay Pérez, una ama de casa de 52 años, resume la angustia cotidiana: “Se me agita el corazón cuando veo que paran a alguien en la calle y le revisan el teléfono”. Este es el conocimiento práctico que no aparece en los análisis geopolíticos: el miedo se ha institucionalizado. La gente borra historiales de sus teléfonos móviles, evita conversaciones en público y vive con la mirada sobre el hombro. Las fuerzas de seguridad han intensificado los controles, amparándose en el decreto de “conmoción exterior” que Maduro firmó antes de su captura, un instrumento legal que, en la práctica, otorga poderes extraordinarios y abre la puerta a abusos. Los organismos de derechos humanos ya han lanzado alertas sobre esta delicada frontera.

La ambigüedad estratégica de la nueva presidencia
La presidenta encargada Delcy Rodríguez se mueve en una cuerda floja. Por un lado, en reuniones oficiales denuncia la “agresión militar” de Estados Unidos y habla de fortaleza espiritual frente a las amenazas. Por otro, ha lanzado mensajes conciliadores en redes sociales, expresando su deseo de construir “relaciones respetuosas” con la Casa Blanca. Esta dualidad no es incoherencia, es táctica. He comprobado que en la transición de poder, la ambigüedad es a menudo el único espacio de maniobra disponible. Sin embargo, las advertencias del presidente estadounidense Donald Trump hacia Rodríguez son directas, creando una presión externa inmensa que limita cualquier movimiento.
Lo que más me preocupa, desde mi perspectiva, es la aparente falta de un plan claro por parte de Washington. Las afirmaciones sobre “gobernar Venezuela” contrastan con la intención declarada de no asumir la gobernanza diaria, dejando a los subalternos de Maduro en sus puestos. Esta es una receta para la ingobernabilidad y el conflicto latente. Las lecciones de otras intervenciones son claras: la ausencia de una hoja de ruta coherente y realista para el día siguiente alarga el sufrimiento de la población y enrarece el panorama político.

Un futuro escrito entre interrogantes
La incertidumbre jurídica también es total. El fiscal general venezolano, Tarek William Saab, ya ha impugnado la jurisdicción de los tribunales estadounidenses. Mientras, el decreto de conmoción exterior, que puede extenderse hasta 180 días, otorga un marco legal de excepción que justifica un mayor control social. En las calles, figuras como Diosdado Cabello reaparecen para proclamar que “la Revolución Bolivariana seguirá adelante”, mostrando que las bases del antiguo régimen permanecen intactas.
La reflexión final que comparto, tras años de analizar estas crisis, es que la captura de un líder no resuelve las fracturas profundas de una nación. Venezuela se enfrenta ahora a un período de transición forzada, marcado por el miedo ciudadano, un poder interno fracturado pero persistente, y una estrategia internacional llena de claroscuros. El camino hacia la estabilidad será largo y estará pavimentado con más preguntas que respuestas. La única certeza es que el pueblo venezolano, una vez más, carga con el peso más grande de esta nueva incertidumbre.
















