En un alarde de sincronía cósmica que solo el gran teatro de lo absurdo mexicano puede proporcionar, el oráculo de San Cristóbal, Vicente Fox Quesada, ha desempolvado su túnica de profeta cívico para lanzar un videomensaje a la Generación Z. La juventud, ajena al dulce letargo del pasado, se apresta a marchar hacia el Zócalo, mientras el antiguo pastor de la nación, desde su retiro dorado, les grita a través de la pantalla que el primer actor son ellos. La ironía, esa dama fina, se desmaya ante el espectáculo.
Con la solemnidad de quien descifra los jeroglíficos de un vaso ceremonial, el exmandatario declaró que “México necesita verdad“, no la propaganda cotidiana. Una revelación estruendosa, viniendo de un hombre cuyo gobierno aprendió, en sus propias palabras, que “cuando un gobierno deja de escuchar el país se estanca“. ¡Qué perspicacia tan colosal! Es como si un pirómano, contemplando las ruinas humeantes, nos advirtiera con gravedad sobre los peligros del fósforo suelto.
El decálogo del estadista reconvertido en influencer político
En su epifanía digital, el expresidente compartió las tres perlas de sabiduría que extrajo de su gestión al frente del país. La primera: gobernar desde el escritorio, ignorando la realidad de la gente, es malo. La segunda: el miedo es un pésimo consejero. La tercera: los valores son importantes. Un legado intelectual tan profundo que, sin duda, dejará perplejos a los filósofos de los siglos venideros. Mientras, la Generación Z, que nació entre pantallas y crisis, convoca su marcha no desde la teoría, sino desde el hastío de un presente donde los discursos huecos son moneda corriente.
La convocatoria: del Ángel caído al corazón del leviatán
Mientras el augur Fox predicaba al vacío digital, los jóvenes —esos seres supuestamente apolíticos y distraídos— concretaban lo abstracto: una cita a las 11:00 horas en el Ángel de la Independencia, con rumbo al Zócalo capitalino. No necesitan videomensajes para aprender que cuando la libertad se encoge, la calle se ensancha. Su llamado es tácito, escrito no en *posts* sino en la memoria de los años perdidos.
El eco de un mantra en una cámara de resonancia vacía
El impacto del mensaje es, como suele ser en estos rituales, un espejismo. Resuena en el mismo bucle autocongratulatorio de la clase política que se recicla a sí misma. Fox clama por “líderes ciudadanos” y no por “gobernantes mediocres“, en un ejercicio de proyección psicológica que Freud estudiaría con deleite. La verdadera participación ciudadana no pide permiso ni espera bendiciones de los antiguos dioses. Ya está en la calle, organizándose en grupos de Telegram, pintando carteles y, sobre todo, descreyendo de los sermones de quienes, habiendo tenido el timón, ahora señalan el camino desde la orilla.
Así, el circo sigue su curso: los jóvenes marchan hacia el futuro cargando las pesadas banderas de la dignidad, mientras los fantasmas del pasado les gritan, desde sus pantallas, cómo deberían hacerlo. El país, atrapado entre la parodia y la urgencia, asiste a otra función de su inagotable tragicomedia nacional.


















