Un debate que trasciende la coyuntura
Tras años observando la dinámica legislativa, te puedo decir que la sesión de la Comisión Permanente por la captura de Nicolás Maduro no fue un simple intercambio de opiniones. Fue el síntoma de una fractura profunda en la visión que tiene la clase política mexicana sobre la soberanía, los derechos humanos y el papel de México en el mundo. He visto muchos debates acalorados, pero este tocó fibras que van al corazón de nuestra identidad diplomática histórica.
La acusación de la oposición: defender lo indefendible
Desde la bancada opositora, la postura fue clara y cargada de una indignación que recuerdo haber sentido ante otros regímenes autoritarios. El senador Ricardo Anaya, con un tono que mezclaba la frustración con la evidencia, no solo criticaba la captura, sino la complicidad silenciosa. Su recuento de los artículos violados de la Convención Americana sobre Derechos Humanos –libertad personal, garantías judiciales, libertad de expresión– no era retórica vacía. Era un espejo que muchos, en mi experiencia, temen mirar: la tendencia a justificar el autoritarismo en el extranjero por afinidad ideológica, ignorando el sufrimiento concreto de millones de venezolanos que huyeron de la pobreza extrema y la represión.
Su salto hacia la tragedia del Tren Interoceánico fue magistral en el debate político, aunque doloroso. Conectó la defensa de un líder foráneo con la rendición de cuentas doméstica, un recordatorio práctico de que la opacidad y la corrupción, aquí o allá, tienen consecuencias humanas devastadoras. Esa lección, la de que los principios deben aplicarse con coherencia, es una de las más difíciles de aprender en la política.
La réplica oficialista: la soberanía como principio inquebrantable
Del otro lado, la respuesta del diputado Emilio Ramón Ramírez resonaba con el histórico principio de no intervención, un pilar de la política exterior mexicana que he visto esgrimido en incontables foros. Su argumento era potente y arraigado en la memoria histórica colectiva: “Ninguna intervención extranjera ha traído libertad a ningún pueblo de América Latina”. Tiene razón en que, visto en perspectiva histórica, esas injerencias suelen dejar detrás despojo y fractura social. El riesgo real que señalaban, y que he observado en otras latitudes, es la ingenuidad de creer que una potencia externa actuará por altruismo. Pedir esa intervención, como bien apuntó, no es oposición; es, en el fondo, un acto de desesperación política que puede comprometer la autonomía nacional.
La llamada a la unidad de la senadora Ana Karen Hernández, aunque loable, choca con la realidad de un país polarizado. En mi trayectoria, he comprobado que invocar la unidad en medio de acusaciones tan graves suena, a menudo, a un deseo más que a una estrategia viable.
Las posturas matizadas y la advertencia sobre el espejo venezolano
Los comentarios más interesantes, aquellos que muestran la complejidad del asunto, vinieron de quienes rechazaron ambos extremos. El senador Luis Donaldo Colosio condenó tanto las violaciones sistemáticas del régimen venezolano como el uso ilegal de la fuerza por parte de Estados Unidos. Esta postura, incómoda pero principlista, es la que exige mayor rigor intelectual: sostener los valores universales sin caer en el doble rasero ni avalar el unilateralismo.
Finalmente, la intervención del senador Manuel Añorve encendió la alerta más pertinente para el contexto mexicano. Su advertencia de que la autodeterminación “no es un cheque en blanco para las dictaduras” tocó un nervio sensible. Al señalar que en Venezuela se empezó con reformas similares a las que se discuten hoy aquí –ajustes electorales, control del poder judicial– no estaba haciendo una analogía gratuita. Estaba planteando, desde la experiencia comparada, una pregunta incómoda: ¿estamos aprendiendo de la historia o simplemente repitiendo sus peores guiones? Esa reflexión, más allá del caso concreto de Maduro, es el verdadero meollo del debate y lo que lo trasciende para hablar de nuestro propio futuro.
Al final, este forcejeo parlamentario dejó en claro que, en política exterior, no hay respuestas fáciles. Solo elecciones difíciles entre principios en tensión, donde cada postura conlleva un riesgo y una responsabilidad histórica.

















