El Día Mundial de la Depresión o el arte de conmemorar lo que no se atiende

El gran teatro de la salud mental

Cada 13 de enero, la burocracia global se viste de compasión y declara el Día Mundial de la Depresión. La Organización Mundial de la Salud, ese faro de buenas intenciones, nos invita a visibilizar lo invisible, a promover información en un océano de desinformación y a fomentar el acceso a lo inaccesible. Una ceremonia tan sincera como un billete de tres pesos.

En México, donde las estadísticas son ese deporte nacional de contar lo que no se puede remediar, la Secretaría de Salud anuncia con solemnidad que 3.6 millones de adultos cargan con este peso. La cifra real, claro está, es un misterio digno de novela policiaca: se esconde entre los diagnósticos que nunca llegan y los servicios que existen principalmente en los discursos oficiales.

Síntomas de un sistema enfermo

Los expertos enumeran síntomas con precisión quirúrgica:

  • Sentimientos persistentes ante la persistencia del abandono
  • Ganas de llorar sin causa aparente, excepto quizás al revisar el presupuesto destinado a salud mental
  • Irritabilidad ante la contradicción eterna entre retórica y recursos
  • Pérdida de interés en creer en soluciones mágicas anunciadas cada enero

Lo verdaderamente sintomático es cómo hemos normalizado que existan líneas telefónicas heroicas luchando contra monstruos creados por la desidia estructural. La Línea de la Vida funciona las 24 horas, como si la desesperación respetara horarios de oficina.

“La depresión puede manifestarse en un solo episodio o repetirse a lo largo de la vida”

Igual que los anuncios oficiales sobre mejorar los servicios psicológicos: aparecen cíclicamente, causan esperanza breve y luego desaparecen hasta el próximo informe anual.

El catálogo del consuelo burocrático

El Estado ofrece su receta magistral contra el malestar existencial:

  1. Un número telefónico (que a veces contesta)
  2. Otro número telefónico (para cuando el primero falla)
  3. Un tercer número (por si acaso)
  4. Un correo electrónico (responden entre 3 y 5 días hábiles)
  5. La promesa eterna de que el próximo año será diferente

Mientras tanto, en las regiones donde el único psicólogo disponible es el cura del pueblo o el YouTube recomendado por algoritmos indiferentes, los ciudadanos aprenden que su salud mental es como esas carreteras federales: aparece en los mapas oficiales pero no en la realidad tangible.

La verdadera depresión colectiva podría ser descubrir que tenemos más días internacionales dedicados a problemas que recursos dedicados a solucionarlos. Celebramos la concienciación con el mismo entusiasmo con que evadimos la acción concreta.

Al final, quizás el síntoma más revelador sea éste: un sistema que produce más líneas telefónicas de emergencia que psiquiatras por habitante, más campañas de sensibilización que camas en hospitales especializados, más fechas en el calendario que cambios en el presupuesto.

La cura, al parecer, sigue siendo más esquiva que un funcionario dispuesto a reconocer que algunas heridas no se curan con un hashtag anual.

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