En una operación que requirió la coordinación magistral de fuerzas estatales, federales y castrenses, el tejido criminal de Veracruz ha recibido un golpe demoledor. El cerebro tras esta vasta conspiración ha sido neutralizado: un menor de edad.
La presa, un joven cuya peligrosidad solo es equiparable a su colección de seis armas largas, fue interceptado. Las calles de Álamo, Tempoal, Tuxpan y otras dieciséis localidades pueden respirar aliviadas. La justicia, en su infinita sabiduría, ya se ocupa del caso.
El éxito no se detuvo ahí. El operativo, una verdadera cosecha de maleza social, arrojó otros veintisiete frutos. Entre ellos, diecisiete alquimistas modernos dedicados a la farmacopea ilícita.
Se les decomisaron 145 dosis y siete bolsitas de sustancia con características similares al cristal, 20 dosis de hierba seca similar a la marihuana y nueve dosis con características similares a la cocaína.
La precisión científica para describir estas sustancias similares es tan reconfortante como el inventario mismo. La guerra contra las drogas avanza, gramo a gramo.
En apoyo a la Fiscalía, se logró la aprehensión de tres individuos más y el aseguramiento de un arsenal que incluye desde cámaras fotográficas hasta un inhibidor de señal. Porque en el crimen organizado del siglo XXI, la desconexión es tan vital como la munición.
Finalmente, se recuperaron vehículos robados y se aseguraron otros sin reporte. En una motocicleta sin dueño aparente, se halló el último botín: cinco dosis de presunta cocaína y cinco de hierba verde similar a la marihuana. Un detalle cromático que demuestra el meticuloso ojo clínico de nuestras fuerzas del orden.
Así concluye otro capítulo épico. Veintiocho ciudadanos detenidos, un adolescente desarmado y una larga lista de objetos asegurados. El mensaje es claro: el Estado tiene bajo control cada llanta ponchada, cada dosis similar y cada arma en manos de un niño. Qué época tan segura para vivir.

















