El sublime arte de la no intervención en tiempos de cañoneras

En el sagrado recinto de Palacio Nacional, donde los ecos de la historia se confunden con el rumor de las cafeteras, la Presidenta Claudia Sheinbaum ofreció al mundo una magistral lección de alta diplomacia. Frente a la noticia de que el Coloso del Norte, en un arrebato de su característica sutileza, había catalogado a un gobierno hermano como “organización terrorista” y dispuesto su flota como si el Caribe fuera su bañera, la mandataria mexicana desplegó el arma más poderosa en el arsenal de la geopolítica moderna: la exhortación.

“Más allá de opiniones banales sobre tiranías, narcoterrorismo o secuestros”, pareció decir la estadista, con la serenidad de quien observa una pelea de vecinos desde un balcón muy alto, “nuestra posición, cimentada en la sacra letra constitucional, es la de la no intervención, la no injerencia y la solución pacífica”. Un principio tan noble e inquebrantable como inútil ante quien, para resolver un conflicto, no duda en enviar un acorazado donde otros enviarían una nota diplomática.

El clímax de esta obra de teatro del absurdo llegó con el llamado urgente a la Organización de las Naciones Unidas. “¡Que asuma su papel!”, exigió Sheinbaum, reprochando al organismo mundial su ausencia, como si se tratara de un conserje que no ha fregado el vestíbulo. La imagen de la ONU, ese gigante burocrático paralizado por el veto de las potencias, siendo convocado a evitar un derramamiento de sangre provocado por una de dichas potencias, posee una belleza irónica digna de Swift. Es como implorar a un notario que detenga una balacera, arguyendo que el contrato social no prevé tales desmanes.

Mientras tanto, del otro lado de la frontera mental que separa la realidad de la retórica, Donald Trump, el archimillonario devenido en comandante de las fuerzas del orden global, emitía decretos desde su red social personal, mezclando conceptos como “yacimientos robados”, “narcoterrorismo” y la recuperación de “activos” con la vehemencia de un sheriff de una película del lejano oeste. Su lógica, aunque brutal, tiene la virtud de la claridad: el poder se ejerce, no se suplica.

Así, el espectáculo queda servido. Por un lado, la Fuerza, que actúa con la delicadeza de un ariete, revistiendo sus intereses petroleros con el ropaje de una cruzada moral contra el mal. Por el otro, la Palabra, que, atrincherada en principios del siglo XIX, clama al diálogo y a la paz en un mundo donde los micrófonos son apagados por el estruendo de los motores de los buques de guerra. México, fiel a su tradición de equilibrista en la cuerda floja de la soberanía, insiste en leer el manual de urbanidad internacional a unos actores que hace rato quemaron el libro y decidieron escribir el guión a puñetazos. Una tragicomedia en la que, por desgracia, la sangre que se pueda derramar nunca será de tinta.

Temas Relacionados:

RELACIONADOS

Ultimas Publicadas

Matamoros

¿QUÉ PASO AYER?

Scroll al inicio