La coreografía diplomática de las promesas pendientes

En un alarde de sincronización geopolítica que hubiera envidado el más meticuloso coreógrafo de ballet para elefantes, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo anunció que el mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, ha tenido la gentileza de extenderle una invitación para visitar su país. La asistencia, por supuesto, está sujeta a una evaluación tan exhaustiva y profunda como la que se realiza para decidir el color de los tapetes en una nueva oficina gubernamental. “Podría ir, o quizás no”, pareció ser el trascendental veredicto preliminar, dejando en vilo a las cancillerías de dos continentes.

El trascendental diáfono —erróneamente llamado “conversación telefónica” por los profanos— versó sobre los temas de rigor en la agenda regional: la perpetua situación en América Latina (siempre al borde de un sublime drama y una comedia grotesca), los recientes ataques de Estados Unidos contra Venezuela (un tema que, como un mal vino, mejora con cada década que pasa), y el seguimiento a los acuerdos de cooperación bilateral. Estos últimos, una especie de quimera documental que todos juran que existe, pero cuya materialización es tan esquiva como la humildad en una convención de políticos.

El arte de dialogar sobre lo ya dialogado

Con la memoria fresca de un evento histórico —la reciente visita del vicepresidente carioca y su séquito de burócratas y empresarios—, la mandataria mexicana destacó el “avance significativo” logrado. En el novedoso lenguaje de la diplomacia moderna, esta frase se traduce elegantemente como: “nos volvimos a ver las caras, repetimos las mismas frases de la última vez, y firmamos la minuta que ordena formar una comisión para evaluar la posibilidad de crear una subcomisión que redacte un pre-borrador de intenciones”. El trabajo conjunto, sin duda, avanza a la velocidad de la deriva continental.

La invitación: Un ejercicio de probabilística gubernamental

Sheinbaum, con la precisión de un relojero suizo, detalló que la invitación para mayo fue formalmente recibida y depositada en la compleja maquinaria de la agenda de gobierno, un artefacto tan saturado que hace parecer al horario de un circo de tres pistas como un retiro de meditación. El presidente Lula, en un gesto de camaradería transoceánica, alabó el trabajo en seguridad y la ejemplar cooperación con México. Dicho modelo de cooperación, cabe suponer, es tan admirado y frecuentemente citado como lo es el Yeti: todos hablan de él, pero las pruebas tangibles son notablemente etéreas.

La reafirmación final: Un monumento a lo obvio

Para cerrar con broche de oro este episodio de realismo fantástico aplicado a la cancillería, la presidenta Claudia Sheinbaum reafirmó —por si a alguien se le había olvidado— la importancia capital del diálogo y la colaboración entre México y Brasil. Enfatizó que estos magnos encuentros son la piedra angular para abordar los desafíos latinoamericanos, esos mismos que, como los muebles de una casa encantada, parecen moverse y cambiar de forma cada vez que les das la espalda, pero nunca desaparecen. Una lección magistral de cómo mantener la rueda girando, aunque el camino avance a paso de tortuga.

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