En un alarde de descubrimiento digno de los anales de la ciencia más vanguardista, un alto jerarca del régimen hidráulico nacional ha develado, ante un atónito auditorio, un secreto celosamente guardado durante décadas: la infraestructura que sostiene a la perla del Pacífico es, atención, vieja. Sí, tan antigua que data de una era remota y mitológica, los años setenta, cuando los dioses caminaban entre los mortales y las tuberías, al parecer, se instalaban para la eternidad.
Con la solemnidad de un augur anunciando un prodigio, el dignatario prometió una “renovación completa“, un concepto tan revolucionario como el de cambiar la rueda pinchada de un carruaje. La obra, nos aseguran, incluirá un “blindaje” contra sismos y huracanes, una innovación técnica que, sin duda, no se le había ocurrido a ningún ingeniero en los últimos cincuenta años de recurrentes catástrofes. Es la magia burocrática de convertir la negligencia acumulada en un espectáculo de eficiencia futura.
El plan maestro, una epopeya digna de Homero, contempla la sustitución de acueductos que serían contemporáneos de las primeras transmisiones televisivas a color, y la construcción de pozos radiales que, según la profecía, abastecerán al “50% de la ciudad”. La precisión matemática es reconfortante: la mitad de la población tendrá agua de “mucho mayor calidad”, lo que deja a la otra mitad sumida en la poética incertidumbre de los baldes y los tinacos. Se combatirán las fugas con “detección mucho más oportuna”, un eufemismo delicioso para admitir que, hasta ahora, la detección era francamente inoportuna.
La joya de la corona de este nuevo mundo hidráulico serán los parques lineales, esos oasis lúdicos que brotarán entre las cañerías renovadas. Mientras las colonias sin suministro constante esperan su milagro, las familias podrán reunirse a jugar junto a las nuevas tuberías, en una metáfora perfecta de la prioridad nacional: el ornato sobre lo esencial, la foto sobre la función. Así, entre promesas de agua pura y áreas de esparcimiento, se teje la farsa eterna: vender como hazaña futurista el simple y siempre postergado deber de mantener en pie lo que ya se cayó.
















