México logra récords turísticos con diversificación más allá de las playas

Lecciones de una década: Más allá de los números récord

Tras años recorriendo cada rincón de este país, puedo afirmar con conocimiento de causa que lo que revelan estas cifras no es una simple estadística, sino la materialización de un cambio de paradigma que muchos en la industria llevábamos años anticipando. Recuerdo cuando, hace una década, intentábamos convencer a los operadores internacionales de que México no era solo Cancún o Los Cabos; era una batalla cuesta arriba. Hoy, ver cómo destinos culturales y de nicho capturan la atención global es la validación más gratificante.

La verdadera riqueza: La economía circular del turismo

La secretaria Rodríguez acierta al señalar que el turismo es una economía circular. He sido testigo en pueblos mágicos y comunidades rurales de cómo un flujo constante de visitantes, por pequeño que sea, reactiva oficios ancestrales, rescata la gastronomía local y mantiene a las familias unidas, evitando la migración. El récord de 92.6 millones de viajeros nacionales no es solo un dato: es una señal de que los mexicanos están redescubriendo y valorando su propio patrimonio, y eso construye un turismo mucho más resiliente y auténtico.

Diversificación: El antídoto contra la estacionalidad

El crecimiento sostenido de mercados como Italia, China o Corea del Sur no es casualidad. Es el fruto de una estrategia paciente de posicionamiento basada en experiencias diferenciadas. Aprendí por las malas que no se puede vender lo mismo a un turista estadounidense que busca playa, que a un viajero europeo ávido de historia y arqueología. La clave, que ahora vemos reflejada en estos números, ha sido segmentar y personalizar. Un viajero que viene por una experiencia cultural específica gasta más, se queda más noches y su impacto es más profundo y distribuido.

El PIB Turístico: Un motor que requiere mantenimiento constante

Que el Producto Interno Bruto Turístico represente el 8.7% de la economía nacional es un logro monumental, pero también una responsabilidad abrumadora. He visto ciclos de bonanza mal administrados que terminan en sobreexplotación y degradación del destino. La lección más importante que deja esta etapa de crecimiento es que el éxito no se mide solo en llegadas o divisas, sino en sostenibilidad, en la capacidad de distribuir la riqueza generada y en proteger los activos—naturales y culturales—que hicieron atractivo el lugar en primer lugar. La coordinación con los estados, mencionada al final, no es un formalismo: es la única manera de evitar que el triunfo de hoy se convierta en el problema de mañana.

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