En un giro que hubiera dejado pálido al mismísimo Jonathan Swift, el pugilismo mundial se transforma en una alegoría perfecta del capitalismo tardío. Saúl ‘Canelo’ Álvarez, otrora gloria nacional, ahora es un producto de exportación finamente empaquetado.
Tras una derrota que algunos llamaron humillante, el camino a la redención no pasa por un gimnasio polvoriento de Guadalajara. No, señores. Pasa por los salones dorados de Riad, donde un jeque con chequera infinita anuncia el próximo capítulo de esta epopeya moderna.
“Esperen la gran pelea del 12 de septiembre, y esta será la primera cartelera de Canelo Promotions”, declaró Turki Alalshikh con la solemnidad de quien presenta una nueva línea de automóviles de lujo.
El evento se llamará ‘México contra el mundo’, porque nada vende mejor que el nacionalismo empaquetado para consumo global. Todos los peleadores del equipo Canelo enfrentarán… bueno, al ‘mundo’. Un concepto tan vago como lucrativo.
Lo más deliciosamente absurdo: Álvarez peleará por un ‘título mundial sorpresa’. ¿Será el cinturón de campeón de los estados petroleros? ¿La corona del entretenimiento soberano? El misterio es parte del show.
Mientras se recupera de una cirugía en el codo –esa molesta realidad física que interfiere con los negocios–, Canelo firma su tercer combate con Riyadh Season. Atrás quedaron las épocas donde los boxeadores peleaban por honor o por salir del barrio. Hoy se pelea por cumplir contratos con promotoras que suenan a temporada turística.
Swift, en su ‘Modesta proposición’, sugería comerse a los niños irlandeses para resolver la hambruna. Nuestra versión siglo XXI sugiere devorar identidades nacionales para alimentar la maquinaria del espectáculo global. El boxeo ya no es deporte: es teatro geopolítico con guantes.
Y México, ese país tan amante de sus héroes, observa cómo su último gran ícono pugilístico se convierte en embajador de una marca personal financiada por petrodólares. La ironía sería cómica si no fuera tan perfectamente lógica.

















