En un espectáculo que raya lo metafísico, la hegemónica escuadra italiana ha demostrado, con una elegancia casi ofensiva, que la conquista de la Copa Davis puede convertirse en un mero trámite burocrático. El coloso transalpino, en un alarde de desdén olímpico, ni siquiera consideró necesario desplegar a su talismán, Jannik Sinner, como si un dios del Olimpo decidiese no molestarse en un asunto terrenal.
Los siervos Matteo Berrettini y Flavio Cobolli, encargados de las labores menores, ejecutaron con eficacia prusiana su cometido frente a una expedición española que, a su vez, había acudido al campo de batalla sin su propio paladín, el número uno Carlos Alcaraz. El mensaje es claro: el imperio azzurro ha perfeccionado el arte de ganar hasta el punto de la irrelevancia estelar.
Este tercer cetro consecutivo, el cuarto en total, no es una simple victoria; es la consolidación de una dinastía tenística que opera con la fría precisión de un reloj suizo. Mientras el resto de naciones se desvive por contar con sus figuras, Italia ha descubierto la fórmula para triunfar con sus lugartenientes, haciendo de la competición por equipos por excelencia un paseo militar por el Foro Romano.
La ausencia de los titanes mundiales en la final suprema plantea una incómoda reflexión: ¿Se ha convertido la Copa Davis en un torneo de segundones donde las potencias pueden permitirse el lujo de guardar a sus emperadores? El dominio italiano, tan aplastante como anónimo, sugiere que la respuesta es un sonoro ‘sí’. Un triunfo que huele a paradoja y que deja un regusto amargo sobre el verdadero valor de una competición que se jacta de reunir a lo mejor del tenis mundial.

















