La Gran Carrera de los Hombres de Hierro y su Progreso Circular
En el vasto y polvoriento teatro de lo absurdo, conocido por los iniciados como el Rally Dakar, una nueva jornada de sublime sinsentido ha quedado inscrita en los anales del esfuerzo humano. Aquí, donde la civilización envía a sus más fornidos y tecnológicamente armados paladines a luchar contra la arena, se representa una farsa ejemplar sobre la noción misma de progreso.
El héroe del día, el joven Seth Quintero, tras una actuación inicial tan discreta como la de un funcionario de bajo rango, encontró en la segunda jornada el favor de los dioses de la combustión. Pilotando su carroza mecánica de la casa Toyota Gazoo —nombre que evoca los sonidos guturales de una deidad tribal—, logró imponerse a sus propios camaradas de escuadrón. ¡Qué sublime muestra de fraternidad competitiva! Donde otros ven compañeros de equipo, el verdadero luchador ve obstáculos móviles con los que compartir logotipo. Su declaración posterior, una joya de la retórica moderna, rezumaba la profunda filosofía del evento: aspiraba a ser un “campista feliz“. He aquí el sueño último del hombre contemporáneo: sufrir penalidades extremas durante días para alcanzar la beatitud de quien acampa en un lugar medianamente aceptable.
Mientras tanto, en el reino paralelo de las dos ruedas, el campeón defensor Daniel Sanders ejercía una magistral lección de dominio y pedagogía en el desierto. Su compañero y rival, Edgar Canet, asumió el noble rol de discípulo, siguiéndole para “aprender” mientras respiraba su polvo. Sanders describió la experiencia con la conmovedora ternura de un maestro artesano: fue “divertido montar con él“. Una conmovedora imagen de mentoría, donde el conocimiento se transmite a 150 kilómetros por hora entre dunas y rocas, y el error se paga con la fractura de un hueso o la pérdida del liderazgo.
La clasificación general, ese sagrado pódium de la vanidad, es un microcosmos de nuestra sociedad. Siete paladines separados por menos de tres minutos tras cientos de kilómetros de agonía. El gran Nasser Al-Attiyah, un faraón moderno con cinco coronas en su leyenda, recuperó el cetro por un margen tan ínfimo como significativo: siete segundos. Una eternidad en una pista de atletismo, un simple parpadeo en la inmensidad del desierto saudí. Él mismo advirtió sobre los peligros de la navegación en la jornada siguiente, en una zona “no fácil“. Una perla de sabiduría que cualquier beduino hubiera ofrecido gratis, pero que aquí adquiere el estatus de revelación estratégica.
No faltó el toque de drama trágico-burlesque. Adrien van Beveren, un caballero con historial de casi-victorias, decidió abrazar literalmente un árbol en medio del yermo. Un acto de puro existencialismo desértico: tras repostar su máquina, buscó el contacto con la única vida orgánica visible. Terminó la etapa, por supuesto, porque abandonar sería admitir que el árbol, y no la meta, era el destino verdadero.
Así transcurre este gran ritual anual. Decenas de máquinas sedientas, millones en patrocinios, riesgos inmensos y esfuerzos sobrehumanos, todo para que unos cuantos hombres intercambien segundos de ventaja en una clasificación provisional, persiguiendo la quimera de ser el “campista más feliz” en el maratón siguiente. Una alegoría perfecta, exagerada y ridícula, de nuestra carrera diaria por un progreso que, mirado con lupa, a menudo nos lleva en círculos, cubiertos de polvo, persiguiendo a nuestro propio compañero.
















