En el glorioso estado de Michoacán, donde la paz y la justicia son tan esquivas como un político honesto, se ha desatado una emergencia de proporciones épicas. No, no es el asesinato de otro alcalde. Eso ya es casi parte del folclore. La verdadera crisis es un brote de sarampión.
Ante esta amenaza microscópica, la maquinaria gubernamental se ha puesto en marcha con la eficiencia de un reloj suizo… de juguete. Se ha organizado nada menos que una Feria del Bienestar. Porque cuando hay balas volando, lo que realmente necesitas son trámites administrativos y una toma de presión arterial.
“Tenemos el número suficiente de vacunas para los próximos dos años”, garantizó el titular de Salud.
Veintitrés millones de dosis, para ser exactos. Una cifra tan reconfortante como absurda en un territorio donde la expectativa de vida a veces se mide en mandatos.
Mientras tanto, en Jalisco, Michoacán y Guerrero los casos se multiplican. Pero tranquilos: además de las vacunas, en la feria hubo actividades culturales. Porque nada combate mejor un virus que una buena obra de teatro callejero.
Es el nuevo modelo de seguridad: si no puedes detener a los que disparan, al menos inmuniza a los que podrían recibir los disparos. Una estrategia sanitaria brillante, o quizás solo otro acto en el gran circo de lo absurdo donde la tragedia y la farsa se dan la mano entre puestos de burocracia y jeringas.


















