El amparo sublime o cómo la justicia se dobla a ritmo de corrido

El año nuevo, en un acto de poesía burocrática que sólo la república de las leyes puede concebir, comenzó con Natanael Cano, bardo moderno de los corridos tumbados, firmando su primera pieza maestra del 2026: no un éxito musical, sino un juicio de amparo. Con la elegancia de un virtuoso, el cantante logró afinar los hilos del sistema para silenciar, de manera provisional, la estridente melodía de una orden de aprehensión.

El intérprete, cuyo nombre de pila suena a documento notarial, Natanael Rubén Cano Monge, promovió esta suspensión provisional en un juzgado de Distrito en Sonora. La honorable jueza Yadira Guadalupe Dórame Enríquez, en lo que podría interpretarse como un regalo de fin de año, concedió el beneplácito. Así, el artista quedó, temporalmente, blindado contra la vulgaridad de una celda, mientras la justicia federal, esa entelequia paciente, decide si el amparo merece convertirse en ópera definitiva o terminar en aria truncada.

El delicado ballet de las medidas cautelares

La resolución, una joya de la ambigüedad administrativa, estipula que si al cantante le toca pisar un tribunal, el juez penal podrá coreografiar las medidas cautelares que su sabiduría dicte. No obstante, en un giro digno del realismo mágico, dichas medidas quedarán suspendidas en el aire, como una nota aguda sostenida, hasta que el oráculo federal emita su veredicto final. Sólo si la sombra de un delito grave –aquél que merece prisión preventiva oficiosa– se cierne sobre el caso, el amparo actuaría como un traslado de custodia: de la grosería de la autoridad local al refinado salón del juzgado de distrito federal. Las causas específicas de este sainete legal, por supuesto, permanecen en el digno misterio que envuelve a los astros.

Un preludio en Hermosillo: la sinfonía del soborno

Esta no es la primera vez que la musa visita al artista. En marzo de 2024, la Policía Municipal de Hermosillo tuvo el honor de interceptar al bardo, quien dirigía un Dodge Charger escarlata y sin placas –símbolo quizás de la libertad creativa– a una velocidad que sólo rivalizaba con su ascenso a la fama. Los vídeos, documentados por los cronistas digitales de las redes sociales, capturaron el momento en que la supuesta ofrenda de soborno pasó de mano en mano, un ritual urbano tan antiguo como la propia autoridad. Aquel proceso por cohecho concluyó, cómo no, con otra suspensión definitiva, un final feliz donde la vigilancia judicial sustituyó a los barrotes.

Epílogo para los comparsas

En esta farsa moral, los siete policías municipales que aceptaron el tributo no tuvieron acceso al mismo libreto. Fueron vinculados a proceso penal por los delitos de cohecho e incumplimiento del deber, recibiendo suspensiones, medidas cautelares y sanciones económicas. Porque en el gran teatro de la justicia, mientras el solista negocia su amparo con la diosa Temis, el coro de agentes siempre paga la función con moneda contante y sonante.

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