Parece que la fórmula para ganar un Grammy este año es bastante clara: consigue un cónyuge, cáselo, y luego deshazte de él con estilo. Mejor si puedes grabarlo todo en un álbum.
Las listas de nominados están plagadas de lo que la industria llama con ternura ‘álbumes de divorcio’. SZA, Taylor Swift, Olivia Rodrigo. Kelly Clarkson, Miley Cyrus, Kelsea Ballerini. Una verdadera hermandad del desamor convertida en oro discográfico.
Lo fascinante no es que canten sobre rupturas. Eso siempre ha existido. Lo novedoso es que ahora lo hacen desde los treinta o cuarenta, con una seguridad que solo da haber pagado una hipoteca conjunta y dividido los muebles.
“Es algo de lo que fue tabú hablar, especialmente desde la perspectiva de una mujer, durante mucho tiempo”, dijo Ballerini.
Ahí está el meollo. Lo que antes era un susurro vergonzante ahora es un grito coreado en estadios. Miley Cyrus convirtió una charla para animarse en ‘Flowers’ en un himno global. Kelly Clarkson etiquetó su trabajo como un ‘álbum de relaciones’, un eufemismo encantador para lo que es esencialmente la crónica sonora de un naufragio matrimonial.
Lo más irónico del asunto es la economía emocional que se crea. Estas artistas exorcizan su dolor privado y lo empaquetan para consumo público. Nosotros, el público, compramos su tristeza para sentirnos menos solos en la nuestra.
“La sensación que tiene la gente es que la música triste expresa su propia tristeza… sientes que el artista está tratando de expresar tu tristeza”, dijo Joshua Knobe de Yale.
Es un trueque perfecto: ellas ganan premios y autonomía; nosotros obtenemos una banda sonora para nuestros propios dramas. El divorcio, ese viejo trauma personal, se ha convertido en el producto cultural más rentable del momento.
Y mientras las mujeres lideran esta carga con discos complejos sobre libertad financiera y paredes emocionales que se cierran (“I thought that would make it all better, and maybe forever wouldn’t feel like the walls closing in”, canta Ballerini), uno se pregunta: ¿dónde están los álbumes de divorcio masculinos? Quizá aún estén atascados escribiendo la misma canción de amor adolescente de siempre.
En el country, género con tradición de mujeres cantando al desamor doméstico, Ballerini desafía roles con líneas sobre comprar casas con cercas. Demuestra poder financiero, sí, pero también la claustrofobia persistente incluso dentro de esa independencia recién ganada.
Al final, estos álbumes no son solo colecciones de canciones tristes. Son documentos de reinvención. Son tristes y empoderadores a la vez. Convierten una derrota íntima en una victoria pública. Y nos recuerdan que a veces, para encontrar tu voz artística, primero tienes que perder algo—o a alguien—más.

















