El imperio de la belleza se resquebraja con renuncias reales

En el gran circo contemporáneo donde la estética se viste de virtud, la proclamación imperial de Fátima Bosch como Emperatriz del Cosmos ha desatado una rebelión en los confines del reino. No contentos con sospechar que la soberana mexicana ascendió al trono mediante artimañas propias de un tratado de alquimia moderna, varios súbditos han preferido el exilio voluntario antes que rendir pleitesía a un régimen cuyos cimientos se tambalean entre la farsa y el escarnio público.

El teatro de lo absurdo

Brigitta Schaback, Virreina de Estonia, y su homóloga Olivia Yacé, Gobernadora de Costa de Marfil, han protagonizado la deserción más elegante de la temporada. A través de pergaminos digitales, ambas abdicaron a sus coronas regionales sin nombrar explícitamente a la emperatriz, pero dejando entrever que el hedor proveniente del palacio central resultaba insoportable para sus narices morales.

La dama estonia inició este cisma con un discurso diplomático sobre la incompatibilidad filosófica con los dogmas del consejo nacional, proclamando su intención de continuar su cruzada por la autonomía femenina lejos de la corte corrupta. Horas después, en un giro digno de tragicomedia, confesó que el verdadero motivo era la pestilencia que emana del epicentro del certamen, donde los escándalos se multiplican como moscas alrededor de un cadáver institucional.

La farsa requiere complicidad

En un manifiesto breve publicado en los pórticos de Instagram, la insurgente modelo reveló el ultimátum: se le exigió lealtad inquebrantable a la organización universal. Ante semejante requerimiento de complicidad, optó por la deserción honorable. “Lamentablemente, este año el cónclave de la belleza universal acumuló más vergüenzas que un burdel medieval, y se me pidió que avalara esta farsa. Por tal motivo, he decidido que mi corona se convierta en moneda de cambio”, declaró con una elocuencia que avergonzaría a los cancilleres del espectáculo.

En un gesto final de rebelión coordinada, la exvirreina extendió su solidaridad a la delegada marfileña, quien había roto sus cadenas minutos antes. Publicó una efigie de la africana acompañada del epíteto “Soberana”, un acto de coronación popular que los plebeyos digitales interpretaron como el verdadero veredicto: en este concurso de apariencias, la auténtica majestad habita en quienes se atreven a abandonar el trono contaminado.

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