La Sublime Virtud de Abrazar Postes por la Caridad: Una Oda al Progreso
En un acto de generosidad tan desbordante que hace parecer a los Santos medievales unos mezquinos tacaños, el Sumo Pontífice del Capitalismo de Atención, conocido por sus feligreses como MrBeast, ha bendecido a la humanidad con un nuevo sacramento. No se trata de dar pan al hambriento, sino de filmar al hambriento —preferiblemente famoso— mientras compite por la limosna. Su último evangelio, “Beast Games”, ha congregado a un concilio de treinta sumos sacerdotes de la cultura global: influencers, magnates del espectáculo y vírgenes del reality, todos unidos en sagrado ayuno de dignidad por la noble causa de… que un algoritmo decida a qué ONG va un cheque.
Entre este panteón de lo relevante, destaca la figura del insigne caballero mexicano Eugenio Derbez, quien, en un arrebato de lucidez existencial, eligió el camino de la fuerza bruta sobre el de la inteligencia. ¿Qué mejor alegoría de nuestro tiempo que un comediante aferrado a un poste, sudando la gota gorda por la caridad, mientras millones de devotos observan el suplicio desde sus altares portátiles? La prueba no era de resistencia física, sino de cuánto puede aguantar el espíritu humano el vacío ontológico de un contenido viralesco.
La liturgia continuó con el desafío culinario, donde la profunda desigualdad social se horneó en forma de tacos de fajitas de pollo. He aquí la solución definitiva al hambre en el mundo: que una estrella de Hollywood, un youtuber indio y un especialista en autolesiones evalúen su guacamole. Con una puntuación de 27.5 —un número tan arbitrario como el valor de una vida en el metaverso—, el equipo ascendió a la siguiente ronda. La caridad, nos enseñan, debe tener un jurado con buen paladar.
El colmo del refinamiento moral llegó en la penúltima prueba. Encerrados en un cubo —metáfora perfecta de la cámara de eco mediática—, los participantes debían decidir su propio destino con la ayuda de un teléfono que concedía cualquier deseo. ¿Pidieron solucionar la crisis climática? ¿Acabar con la deuda externa? No. El destino de un millón de dólares para obras benéficas se decidió con una pelea de robots de plástico. Derbez fue derrotado, no por falta de corazón, sino por falta de puntería con un juguete. Así funciona la meritocracia en el reino de lo absurdo: donde la suerte de los desfavorecidos pende del hilo de un capricho infantil.
Este espectáculo, nos aseguran, es la filantropía del futuro. Ya no hace falta indignarse por las injusticias sistémicas; basta con animar a tu celebridad favorita a que se aferre a un poste más tiempo que el rival. El sufrimiento ajeno se convierte en un producto de consumo, la empatía en un click, y la conciencia social en un episodio especial disponible tras un anuncio de cinco segundos. Swift proponía comerse a los niños pobres; nuestra era, más sofisticada, prefiere ponerlos de fondo en un unboxing emocional.

















