La nueva fe: inyecciones de futuro para una piel de porcelana

En un acto de profunda humildad y conexión con el pueblo, la suma sacerdotisa del pop, Belinda, ha decidido compartir con sus feligreses el arcano secreto que mantiene su epidermis en un estado de gracia perpetua, alejada de las vulgaridades de la mortalidad común. No se trata de algo tan plebeyo como beber agua o dormir ocho horas, ¡Dios nos libre! La divina criatura ha revelado, a través de los sagrados púlpitos de Instagram, su nuevo ritual de purificación: la infusión intravenosa de gas hidrógeno, el elixir de los modernos alquimistas.

La imagen, cuidadosamente curada y filtrada, muestra un brazo etéreo, casi translúcido, atravesado por un catéter que bombea futuro puro. “Empezando el año con mi rutina. Amamos”, proclama el pie de foto, en una muestra de ese nosotros mayestático que solo usan las celebridades y los dictadores. Acto seguido, exhibe la máquina sagrada, un artefacto que parece extraído de una nave espacial de bajo presupuesto, liberando burbujas de esperanza en un vaso de agua. Según su evangelio personal, este baño de moléculas divinas fortalece su sistema inmunológico (evidentemente amenazado por el exceso de aplausos), recarga su energía (para aguantar sesiones fotográficas de doce horas) y, lo más importante, le otorga esa “piel radiante” que nos recuerda que somos meros mortales de cutis opaco.

La Teología del Hidrógeno: Fe, Ciencia y Tarjeta de Crédito

¿En qué consiste esta nueva eucaristía para ricos? Los sumos sacerdotes de las clínicas de bienestar, templos de mármol y consultas de cuatro cifras, predican que el hidrógeno molecular es el mesías celular. Afirman, con la contundencia de quien vende algo que no se puede ver, que esta molécula combate entidades malignas como el “estrés oxidativo” y la “inflamación”, demonios modernos que acechan tras cada respiración contaminada y cada pensamiento negativo. Prometen una regulación de la muerte programada (una forma elegante de decir que quizás, solo quizás, mueras un poco más tarde) y una optimización mitocondrial que haría que nuestras células funcionaran como una start-up en Silicon Valley: siempre productivas, siempre “disruptivas”.

Los Sacramentos de la Administración: Del Goteo Intravenoso al Agua Bendita

El culto ofrece múltiples vías de salvación para adaptarse al estilo de vida del creyente. El bautismo por infusión (vía intravenosa) es el más exclusivo, para aquellos cuya sangre merece ser enriquecida directamente. Para el creyente práctico, está la inhalación del espíritu santo gaseoso. Para el cotidiano, el agua enriquecida, el nuevo vino de la misa. Incluso existen baños de hidrógeno, porque hasta la piel de los talones debe salvarse. Se ha experimentado con esta fe para curar desde dolencias hepáticas (probablemente causadas por champán barato) hasta los efectos colaterales de terapias oncológicas, en un surrealista maridaje entre la ciencia dura y la esperanza blanda.

El Edén Prometido y el Pequeño Detalle del Paraíso

Los beneficios prometidos son el mapa de un Nirvana biomédico: corazón de atleta, pulmones de corredor de alta montaña, mente de filósofo presocrático y piel de recién nacido. Se ofrece como complemento paliativo en el cáncer, un consuelo carísimo en la batalla más dura. Sin embargo, los herejes de la medicina tradicional advierten con voz queda: este evangelio emergente puede interferir con tratamientos reales y sus efectos secundarios incluyen mareos, fatiga o tos. En resumen, los mismos síntomas que produce leer los precios de estas terapias. Es una fe en fase experimental, donde los feligreses son, a la vez, devotos y conejillos de Indias. La recomendación final, perdida entre el brillo de las estrellas y el destello de las burbujas, es consultar a un médico. Pero, ¿qué sabe un simple doctor de medicina comparado con el testimonio radiante de una piel de porcelana financiada por el hidrógeno?

Así, mientras la plebe se afana en sobrevivir, la nueva aristocracia se inyecta el gas más básico del universo, reconvertido en oro líquido, en un símbolo perfecto de nuestra era: la búsqueda de la eterna juventud a través de soluciones tecnológicamente complejas para problemas que, a menudo, son simples frivolidades disfrazadas de necesidades vitales. El progreso, al parecer, no consiste en que todos tengamos agua potable, sino en que unos pocos puedan beberla llena de moléculas de hidrógeno a precio de diamante.

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