En un giro que nadie esperaba pero todos consumieron con avidez, la Tragedia Personal™ de la ciudadanía V. Jones ha sido debidamente certificada, empaquetada y puesta a la venta en el gran bazar de la conmoción pública. Los detalles íntimos de su último aliento, meticulosamente extraídos de una llamada de emergencia, ya están disponibles para su degustación, acompañados de la inevitable fotografía de archivo y el pedigrí familiar que justifica nuestro interés colectivo.
El suceso tuvo lugar en el escenario perfecto: una suite de un hotel de lujo, porque incluso las desgracias de cierta estirpe requieren un decorado apropiado. Los actores de reparto—policías, paramédicos, forenses—cumplieron su papel con la eficacia burocrática de quienes forman parte de un guion que se repite. La investigación, nos aseguran con solemnidad, ha sido trasladada a los archivos oficiales, donde se sumará al expediente eterno de “cosas terribles que le pasan a otra gente”.
El cameo biográfico obligatorio
Por supuesto, no podía faltar el repaso curricular de la fallecida, ese breve e incómodo paseo por la sombra alargada de un apellido ilustre. Su incursión en el cine, más un acto de nepotismo benevolente que una carrera, se enumera como quien cataloga los muebles de una herencia. La filmografía se reduce a un paréntesis en la narrativa principal: ser la hija de alguien. El resto de su existencia, los treinta y cuatro años que no caben en un pie de foto, queda borrado por la necesidad del dato relevante: su conexión sanguínea con la fama.
El artículo culmina con el recuento nupcial del progenitor, un epílogo tan aleatorio como revelador. En el gran teatro del mundo, incluso los matrimonios se convierten en puntos de una cronología pública, despojados de cualquier atisbo de emoción privada. Se nos informa de consortes, duraciones y descendencia con la frialdad de un informe bursátil, completando la transformación de vidas humanas en una entrada de Wikipedia adornada con publicidad.
Así, entre códigos de despacho policial y créditos de películas, la sociedad cumple su sagrado ritual: devorar el infortunio ajeno, sazonado con un toque de glamour y un distante aire de preocupación, antes de pasar a la siguiente noticia. El espectáculo, como siempre, debe continuar.

















