La metamorfosis judicial de un cartel que nunca fue cartel

El Ministerio de la Verdad Ajustable rectifica su ficción favorita

En un giro digno de los más exquisitos manuales de orwelliana neolengua, el Departamento de Justicia del Imperio del Norte ha anunciado una revisión conceptual de altísimo calibre. Sucedió que, tras años de martillar con solemnidad apocalíptica la existencia del temible Cartel de los Soles, una entidad tan etérea como los fundamentos de sus propias guerras, los burócratas han descubierto la rueda: no era un cartel, sino un “sistema de patronazgo”. ¡Qué alivio para la semántica mundial!

Los fiscales imperiales, aquellos alquimistas modernos que transforman política exterior en delito con una pluma, mantienen, por supuesto, la esencia de la fábula: el Señor de los Anillos Bolivarianos, Nicolás Maduro</strong, sigue siendo el villano de turno en la épica conspiración narcótica. Pero el monstruo ha mudado de piel. Ya no es una organización, sino una “cultura”. Una suerte de aura corrupta, un miasma moral que, al parecer, es más fácil de acusar pero imposible de extraditar.

De la acusación épica al eufemismo burocrático

Todo comenzó con un acta de acusación redactada con la sutileza de un panfleto de guerra, donde el término Cartel de los Soles resonaba 32 veces como un mantra destinado a justificar bloqueos y sueños de invasión. La máquina de propaganda, dirigida por sumos sacerdotes como Marco Rubio, lo elevó al Olimpo de las organizaciones terroristas. Un honor reservado para enemigos geopolíticos, nunca para aliados con conductas similares, por supuesto.

Mientras, los especialistas en realidades terrenales llevaban una década tosiendo incómodamente en sus cubículos, murmurando que el tal cartel era un fantasma periodístico, una metáfora convertida en ley por pura necesidad narrativa imperial. El nombre, poético por lo demás, aludía a los soles de las charreteras militares, esos astros que, en lugar de iluminar, parecen cegar hasta a los servicios de inteligencia más poderosos del globo.

La captura del hombre y la liberación del mito

La farsa alcanzó su cénit cuando, tras la captura teatral de Maduro orquestada por el bufón real Donald Trump, los mismos que lo acusaron de capo tuvieron que reescribir el guion. La nueva acta de acusación, un documento maestramente ambiguo, menciona al célebre cartel solo dos veces. Ahora, el pecado del mandatario y de su predecesor, el comandante celestial, fue participar en un sistema de patronazgo. ¡Vaya revelación! Como si describieran el agua como “húmeda” tras haber jurado que era fuego.

“El dinero del narcotráfico fluye hacia funcionarios corruptos… que operan dentro de un sistema gestionado por quienes están en la cúspide -identificados como el Cartel de los Soles-“, declara el nuevo texto. Una definición tan circular y vaporosa que bien podría aplicarse a la mitad de los gobiernos clientelares del planeta, incluidos aquellos que besan el anillo del emperador.

Las implicaciones de desinflar un globo de propaganda

Este sublime ejercicio de contorsionismo jurídico deja al descubierto el verdadero mecanismo: la justicia como arma arrojadiza. La designación terrorista, ese sambenito mágico que justifica cualquier atrocidad, queda ahora suspendida sobre el vacío de su propia inconsistencia. La revisión no es un acto de honestidad intelectual, sino el reconocimiento tácito de que habían construido un hombre de paja demasiado inflado, que amenazaba con estallar y manchar de ridículo el solemne teatro de las sanciones.

En resumen, el Imperio no rectifica; reempaqueta. Cambia las etiquetas de sus productos de guerra híbrida para mantener la fachada de legitimidad, mientras el objetivo final –la demonización útil del hereje– permanece inmutable. Una lección magistral de cómo la hipocresía, vestida con toga, puede ser el artefacto más letal de la diplomacia moderna.

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