En un despliegue de lo que podríamos llamar “diplomacia térmica”, el Kremlin ha decidido que este invierno los ucranianos necesitan una lección sobre resiliencia. O sobre congelación.
Volodymyr Zelenskyy informó que más de 300 drones y misiles balísticos fueron enviados como regalo especial para enero. El mensaje es claro: si no puedes conquistar la capital, al menos congélala.
“Casi el 80% de los edificios afectados habían recuperado recientemente el suministro”, señaló el alcalde Vitali Klitschko.
La ironía es palpable. Reconstruyes lo que destruyeron, y ellos vuelven a destruirlo. Es como un juego macabro de whac-a-mole, pero con vidas humanas en lugar de topos.
Zelenskyy fue directo al explicar la estrategia: desgastar la resistencia civil atacando servicios esenciales. Calefacción, agua potable – esos lujos burgueses que los civiles insisten en necesitar para, no sé, no morir congelados.
Kiev enfrenta temperaturas de -20°C mientras miles se preguntan cómo explicarle a un niño que la guerra ahora también viene en forma de frío extremo. La demanda de calefacción aumenta justo cuando la ofensiva rusa decide que es momento de jugar al apagón estratégico.
Lo más absurdo es la temporalidad: casi cuatro años después del inicio de la invasión. No es una guerra relámpago, sino una guerra de desgaste donde el enemigo no son solo los soldados, sino también los radiadores y las tuberías.
Las autoridades confirman lo obvio: atacan la infraestructura eléctrica porque saben que el invierno ucraniano hace el trabajo sucio por ellos. ¿Para qué gastar en más misiles cuando el termómetro ya está de tu lado?
Esta es la nueva normalidad bélica donde lo esencial se vuelve blanco, y sobrevivir al invierno se convierte en un acto de resistencia política.
















