Venezuela inicia diálogo exploratorio con EE.UU. tras captura de Maduro

CARACAS — En un giro que pocos en el ámbito de la diplomacia internacional podrían haber anticipado, el gobierno venezolano confirmó este viernes la decisión de emprender un “proceso exploratorio” con la administración de los Estados Unidos. El objetivo declarado es sentar las bases para el restablecimiento de las misiones diplomáticas y consulados en ambos territorios, una medida que parecía impensable hace apenas una semana.

Esta noticia llega en un contexto de máxima tensión, apenas seis días después de la incursión militar ejecutada por fuerzas estadounidenses en suelo suramericano, que culminó con la detención del expresidente Nicolás Maduro y de la primera dama, Cilia Flores. En mi larga trayectoria analizando crisis bilaterales, he visto cómo eventos traumáticos pueden, paradójicamente, forzar a las partes a la mesa de diálogo cuando la confrontación directa ha agotado su curso.

El complejo significado de un “proceso exploratorio”

Según el comunicado oficial difundido por la estatal Venezolana de Televisión, esta iniciativa busca dos cosas: gestionar las secuelas de lo que Caracas califica como “agresión” y “secuestro” de sus máximas figuras, y, al mismo tiempo, esbozar una agenda bilateral con puntos de interés común. Esta dualidad es clásica en negociaciones de alta conflictividad: se negocia desde el agravio, pero con la mirada puesta en un futuro pragmático. La experiencia me ha enseñado que estos “diálogos exploratorios” son un terreno pantanoso; son sondeos tácticos donde cada palabra se pesa al milígramo y donde el verdadero progreso a menudo se mide más por lo que no se dice que por lo declarado.

Un largo historial de rupturas y desencuentros

Para entender la magnitud de este anuncio, hay que retroceder a febrero de 2019. En esos días, el presidente Maduro, en respuesta al reconocimiento del entonces presidente Donald Trump al opositor Juan Guaidó como presidente interino, decidió romper formalmente las relaciones diplomáticas con Washington. Las embajadas se cerraron, iniciando un prolongado invierno en el vínculo bilateral. He sido testigo de cómo estas rupturas, más allá del simbolismo, generan un vacío peligroso donde florecen la desinformación y la escalada retórica. Restablecer canales, aunque sea de manera preliminar, es un primer paso técnico crucial para evitar malentendidos catastróficos, incluso entre adversarios.

Desde mi perspectiva, este movimiento es una jugada de alto riesgo para ambos gobiernos. Para Venezuela, implica negociar desde una posición de evidente debilidad tras la captura de su líder histórico. Para Estados Unidos, supone reconocer a un gobierno con el que había jurado no tratar. La lección más dura que he aprendido en estos escenarios es que la diplomacia rara vez se trata de amistad; se trata de gestión de conflictos y cálculo de intereses nacionales, por incómodos que estos sean. El camino hacia la reapertura de embajadas será largo y estará lleno de obstáculos, pero el solo hecho de que se hable de un “proceso” marca un punto de inflexión que los analistas estaremos diseccionando en los próximos años.

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