Brigitte Bardot falleció este domingo a los 91 años, dejando tras de sí una estela que transformó para siempre la cultura popular y el cine. Su figura marcó un punto de inflexión en la representación de la mujer en la pantalla, desafiando la sobriedad de los años cincuenta para encarnar, con una fuerza arrolladora, los primeros destellos de una nueva era de liberación sexual.
Con cerca de cincuenta películas a sus espaldas, legó al imaginario colectivo escenas ya míticas: el mambo febril en un restaurante de Saint-Tropez en *Y Dios creó a la mujer* (1956) y el desnudo introspectivo del monólogo inicial de *El desprecio* (1963) de Jean-Luc Godard. Sin embargo, la comercialización despiadada de su imagen como símbolo sexual hedonista fue una carga que llegó a detestar profundamente, frustrando su ambición de ser reconocida como una actriz seria y conduciéndola a un retiro prematuro para consagrarse a una causa: la defensa de los derechos de los animales.
Su trayectoria posterior estuvo marcada por una paradoja dolorosa. Mientras su activismo animalista la elevaba a la categoría de benefactora, sus declaraciones públicas sobre inmigración, religión y homosexualidad la sumieron en constantes controversias y procesos judiciales por incitación al odio racial, dañando irreversiblemente su reputación. Estas fueron las profundas cicatrices en la memoria de un ícono que, en su momento cumbre, puso el bikini, el deseo femenino explícito y el cine francés de autor en el mapa mundial.
Nacida en París en 1934 en el seno de una familia burguesa y estricta, Brigitte Anne-Marie Bardot encontró en la danza su primera vía de escape. Una portada para la revista *Elle* a los 15 años cambió su destino, presentando al mundo una belleza salvaje y desenfadada, alejada de los cánones de la época. Aquel rostro llamó la atención del asistente de dirección Roger Vadim, quien se convirtió en su descubridor, primer marido y arquitecto de su imagen pública. Vadim la moldeó, vendiendo hasta las fotografías de su boda, y finalmente la lanzó al estrellato con *Y Dios creó a la mujer*, filme que ella misma financió. La película fue un terremoto cultural. En una América acostumbrada a Doris Day, Bardot irrumpió como un huracán de sensualidad sin culpa. Su personaje perseguía sus apetitos con una libertad hasta entonces reservada a los hombres en pantalla. La filósofa Simone de Beauvoir la celebró como un emblema de la “libertad absoluta”, mientras que la moral conservadora estadounidense la condenaba y prohibía la cinta.
La frontera entre la actriz y el personaje se difuminó para siempre, encasillándola en un rol que terminaría por asfixiarla. Su vida personal fue un torbellino público. Tras divorciarse de Vadim, se casó con el actor Jacques Charrier, con quien tuvo a su único hijo, Nicolas. Su rechazo a la maternidad fue visceral y público; años después, su hijo la demandaría por daños emocionales tras leer en su autobiografía que hubiera preferido “parir a un perrito”. Un tercer matrimonio con el millonario alemán Gunther Sachs y una serie de romances muy mediatizados alimentaron su leyenda. Artísticamente, ansiaba papeles de peso. Lo logró a medias con Godard en *El desprecio*, una cinta clave de la Nouvelle Vague, pero la calidad de su filmografía fue irregular, especialmente en sus incursiones en Hollywood.
Paralelamente, desarrolló una faceta musical, grabando discos con figuras como Serge Gainsbourg, con quien registró una versión inicial y ardiente de *Je T’aime… Moi Non Plus*, que permaneció inédita durante dos décadas. En 1973, a los 39 años y tras casi cincuenta películas, anunció su retiro definitivo del cine.
“Les di mi belleza y mi juventud a los hombres”, declaró. “Voy a darles mi sabiduría y experiencia a los animales”. Subastó sus joyas y recuerdos para crear la Fundación Brigitte Bardot, desde la cual libró campañas globales contra la caza de focas en Canadá, el consumo de carne de caballo en Francia y a favor del bienestar animal en todo el mundo, adoptando un estricto vegetarianismo. No obstante, esta etapa estuvo empañada por sus posturas políticas cada vez más abiertamente polémicas. Sus críticas a prácticas religiosas de sacrificio animal derivaron en comentarios abiertamente hostiles contra la inmigración musulmana y la comunidad homosexual, lo que le valió múltiples condenas judiciales y multas por incitación al odio racial en Francia.
Su apoyo público a la líder de extrema derecha Marine Le Pen terminó de definir su perfil político en sus últimas décadas. Vivió sus últimos años como una semi-reclusa en su famosa residencia de La Madrague, en Saint-Tropez, junto a su cuarto marido, Bernard d’Ormale, antiguo asesor del histórico líder de ultraderecha Jean-Marie Le Pen. El legado de Brigitte Bardot es, por tanto, dual e inseparable. Encarnó como nadie la rebelión hedonista y la autonomía sexual femenina en la posguerra, rompiendo moldes con una naturalidad que la convirtió en el rostro oficial de la Marianne francesa, símbolo de la República. Sin embargo, la misma mujer que desafió las convenciones sociales con su cuerpo y su carrera, terminó abrazando un conservadurismo social radical y expresando posturas que la aislaron de gran parte del público que una vez la idolatró. Su vida fue, en esencia, un conflicto perpetuo entre la libertad que representó para otros y los límites que ella misma, de manera problemática, buscó imponer al mundo.















