El mundo del espectáculo en México enfrenta una pérdida significativa con el fallecimiento de Mario Cid, primer actor cuya carrera abarcó más de seis décadas en cine, teatro y televisión. Su muerte, a los 93 años, cierra un capítulo fundamental en la historia cultural del país y deja un vacío en una industria que lo reconoció siempre como un profesional de excepcional versatilidad y rigor. Más allá de las cifras, su partida resuena por la profundidad de un legado construido a través de más de 150 producciones y por ser el padre de la reconocida comediante y actriz Mara Escalante.
Mario Chávez García Cid, nacido en Tampico, Tamaulipas, forjó su trayectoria desde los escenarios teatrales, un terreno que siempre consideró la base fundamental de su oficio. Su transición al cine y la televisión no fue un salto, sino una expansión natural de su dominio actoral, permitiéndole abordar con igual solvencia géneros tan dispares como la comedia costumbrista, el drama social y la acción. Esta capacidad de adaptación sin perder autenticidad fue una de sus marcas distintivas, convirtiéndolo en un recurso confiable y respetado para directores y productores durante generaciones.
Su contribución, sin embargo, no se limitó a la interpretación. Mario Cid ejerció también como guionista y director, roles que evidenciaban una comprensión integral del hecho artístico. Estas facetas le permitieron moldear narrativas y aportar una perspectiva única tras las cámaras, enriqueciendo proyectos con su mirada experta. Este compromiso multidimensional con el arte habla de un creador inquieto, para quien la actuación era solo una de las formas de dialogar con el público y con la realidad mexicana que tan bien supo retratar.
Uno de los aspectos más conmovedores de su carrera tardía fue la oportunidad de compartir escena con su hija, Mara Escalante, en la serie ‘Muero por Marilú’. Este proyecto no solo representó su última aparición en pantalla, sino que simbolizó la culminación de un vínculo familiar profundamente entrelazado con lo artístico. Escalante, creadora de personajes icónicos como ‘Doña Lucha’, heredó y continuó con notable éxito la tradición de excelencia y conexión con el público que su padre ejemplificó. Su colaboración final fue un testimonio público de esta dinastía artística, mostrando una química y un respeto profesional que trascendía lo familiar.
La noticia de su fallecimiento ha generado una ola de reconocimiento por parte de colegas, quienes destacan no solo su inmenso talento, sino cualidades humanas como la generosidad, la disciplina inquebrantable y una pasión por el oficio que mantuvo intacta hasta el final. En un medio a menudo volátil, la consistencia y ética profesional de Mario Cid se erigieron como un estándar de referencia. Aunque su hija Mara Escalante se mantiene, comprensiblemente, en reserva durante estos momentos, se anticipa que su testimonio personal aportará una dimensión aún más íntima a la figura de un hombre que fue tanto un pilar de la industria como un padre dedicado.
El legado de Mario Cid es, en esencia, doble. Por un lado, permanece vivo en el archivo audiovisual mexicano, en esas más de 150 películas, series y obras de teatro que capturan su evolución y maestría. Por otro, y quizás más importante, perdura en la memoria afectiva de varias generaciones de espectadores que crecieron viéndolo desempeñar roles que iban desde el hombre común hasta figuras de autoridad, siempre con una verdad interna que los hacía creíbles. Su carrera no fue una simple sucesión de trabajos, sino una lección continua sobre la dedicación, el respeto por el público y la creencia en el poder transformador de la interpretación. Su ausencia deja un espacio imposible de llenar, pero su influencia continúa, tanto en la pantalla como en el camino que ayudó a trazar para las siguientes generaciones de artistas en México.
















