La madrugada del 2 de enero no terminó con el amanecer para los habitantes del centro de México. Un potente movimiento telúrico de magnitud 6.5, con epicentro a apenas 15 kilómetros de San Marcos, Guerrero, sacudió la región, despertando a una ciudad aún en calma con el estridente sonido de la alerta sísmica. Pero, ¿era este el evento principal o solo el preludio de una secuencia más intensa?
El Servicio Sismológico Nacional (SSN) comenzó su meticuloso monitoreo. Para las 09:00 horas, el recuento preliminar ya arrojaba una cifra inquietante: 151 réplicas, con una de magnitud 4.2. Sin embargo, la pregunta que flotaba en el aire era: ¿hasta dónde llegaría esta actividad? La respuesta, actualizada al mediodía, superó las expectativas más cautas. El organismo reportó un total de 420 réplicas registradas, siendo la más significativa de magnitud 4.7. La tierra, claramente, no encontraba reposo.
El costo humano tras el temblor
Mientras los sismógrafos no paraban de trazar líneas nerviosas, en la superficie la emergencia tomaba un rostro humano. La alcaldía Benito Juárez confirmó el primer y trágico saldo mortal: un hombre de 60 años perdió la vida al tropezar y caer mientras desalojaba su departamento. Los servicios de emergencia de la CRUM, al llegar al edificio en la colonia Álamos, solo pudieron constatar la falta de signos vitales. Una muerte no causada directamente por el colapso de una estructura, sino por el caos y el pánico que un evento de esta naturaleza siembra en segundos.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada, activó el protocolo de actuación y pronto el panorama de los daños comenzó a delinearse con mayor claridad. Doce personas lesionadas, la caída de postes y árboles, y 18 reportes por falta de energía eléctrica pintaron el escenario inicial. Pero las verdaderas preocupaciones, aquellas que requieren una mirada más profunda y técnica, se centraron en el patrimonio edificado. Las autoridades anunciaron la evaluación urgente de dos estructuras con riesgo potencial de colapso y la inspección preventiva de 34 edificios y cinco viviendas. ¿Qué secretos de integridad estructural revelarían estas evaluaciones tras el impacto?
Una secuencia que invita a la reflexión
La narrativa oficial presenta los hechos: un sismo, sus réplicas, los daños y la respuesta institucional. Sin embargo, la perspectiva de un investigador persistentemente cuestiona. La alta cantidad de réplicas, ¿es común para un sismo de esta magnitud en la región de Guerrero, una de las zonas de mayor potencial sísmico del país? ¿Qué nos dicen estos enjambres sobre la liberación de energía y la tensión acumulada en las placas tectónicas? Los daños reportados en la Ciudad de México, a cientos de kilómetros del epicentro, exponen una vez más la vulnerabilidad de la capital ante los movimientos generados en la costa. La inspección de decenas de edificios no es solo un protocolo; es un diagnóstico de la salud estructural de una megaciudad que vive bajo una constante amenaza telúrica.
La revelación final de este evento no es solo un número—420 réplicas—o una trágica estadística. Es un recordatorio crudo y vigente. La actividad sísmica es un proceso complejo y en evolución, donde el evento principal es apenas el capítulo más visible de una historia geológica mucho más larga. La verdad que desentierra este sismo es la de nuestra permanente coexistencia con fuerzas geológicas colosales, donde la preparación y la memoria colectiva son los únicos diques reales contra la incertidumbre del próximo movimiento.














