En el esplendoroso y modernizado estado de Yucatán, donde el progreso brilla con la intensidad de un foco fundido, se desarrolla una de las obras de teatro más elaboradas y repetidas del repertorio nacional: La Búsqueda. El argumento, ya clásico, gira en torno a la desaparición de la ciudadana Mirna Barrera Vera, una maestra octogenaria cuyo principal error fue evaporarse en una sociedad que proclama, a los cuatro vientos y en todos sus folletos turísticos, tener todo bajo control.
Las autoridades, en un alarde de eficacia burocrática que dejaría pálido al mismo Swift, han desplegado una estrategia de búsqueda tan meticulosa como la de una aguja en un pajar que, previamente, ha sido incendiado. Han “ampliado” la pesquisa a municipios cuyos nombres suenan a conjuro maya —Hunucmá, Tetiz, Kinchil—, como si la señora Barrera, en un arrebato de aventura senil, hubiera decidido emprender una gira arqueológica por la Ruta Puuc. Mientras, en la capital, Mérida, la Ciudad Blanca, el espectáculo continúa con la pegatina obsesiva de carteles que se desvanecen bajo el sol, un mosaico de rostros perdidos que decoran postes y kioskos como una galería de horror al aire libre.
Lo más genial de este sistema, verdaderamente orwelliano en su doblepensar, es la delegación sublime de la responsabilidad. El Estado, ese ente omnipresente y omni-ausente, ha transferido el peso moral —y el riesgo físico— a los Colectivos de Madres Buscadoras. Son ellas, con sus redes sociales y su desesperación convertida en algoritmo, quienes ahora realizan el trabajo de inteligencia que una legión de burócratas bien pensionados no logra (o no desea) concretar. Es una pirueta administrativa magistral: mientras la Comisión de Búsqueda emite comunicados garantizando “el derecho a ser buscado”, son las familias y los voluntarios quienes garantizan, con sus pies en el lodo y su dinero en copias, la acción misma de buscar. ¡Qué eficiente división de tareas! El gobierno se reserva el derecho a la teoría del derecho, y la ciudadanía asume el deber de la práctica desesperada.
Y así, en este circo de la desgracia, la profesora Barrera cumple hoy 87 años. No hay tarta, ni velas, ni familia reunida. Solo hay un eco amplificado por los estados vecinos de Campeche y Quintana Roo, donde su imagen, ya convertida en un meme de la tragedia, circula en grupos de WhatsApp entre anuncios de tortas y cadenas de oración. Es el nuevo ritual mexicano: la digitalización de la angustia. Se busca a una persona como se comparte un video viral, con una mezcla de horror, impotencia y la fugaz atención del scroll.
El gran absurdo, la joya de esta sátira, reside en la normalización del procedimiento. Se ha institucionalizado tanto el drama que ya tiene sus actores estelares (las madres buscadoras), sus escenarios (los municipios-name-dropping) y su lenguaje burocrático (“acciones para garantizar el derecho”). Lo único que falta, siempre falta, es el final feliz. El sistema no está diseñado para encontrar, sino para gestionar la pérdida; para administrar la esperanza hasta diluirla en la estadística fría de un informe anual. Es un teatro donde el telón nunca baja, porque la función de la búsqueda perpetua debe continuar. Es más barato y políticamente menos riesgoso buscar para siempre, que encontrar una vez y tener que explicar el porqué de la desaparición.

















