En un despliegue de lo más pedagógico, un mastodonte metálico con alas, un Lockheed Martin C-130J Super Hércules, decidió que el mejor lugar para su lección del sábado era la pista del Aeropuerto Internacional de Toluca. Procedía, cómo no, de una escuela muy especial en Texas: la Base Aérea Dyess.
El Gabinete de Seguridad salió rápido a dar su parte. En un comunicado digno de un manual de buenas vecindades, explicó que todo era por amor al conocimiento. > “Respecto a las imágenes que circulan en redes sociales… informamos que su presencia obedece a un vuelo autorizado por autoridades mexicanas, relacionado con actividades de capacitación”.
Qué afán de superación tiene este avión. Según los rastreadores de vuelo, antes de su viaje estudiantil a México, ya había realizado al menos ocho vuelos de práctica sobre suelo estadounidense. Un verdadero alumno aplicado.
El domingo por la mañana, tras absorber todo el saber mexiquense, el aparato regresó a Texas. Aterrizó en Brownsville puntualmente a las 11:14 horas. Su misión académica había concluido.
Lockheed Martin, la firma que lo construye, describe al C-130J como una aeronave versátil. Puede usarse para evacuaciones médicas, reabastecimiento o ayuda humanitaria. Vamos, un auténtico boy scout del aire. Está en servicio en 23 países.
Todo se desarrolló, nos aseguran, “conforme a los protocolos establecidos y en apego a los acuerdos de colaboración bilateral”. Porque nada fomenta más la confianza y la cooperación entre naciones soberanas que la visita sorpresa de un avión de transporte militar pesado.
Una capacitación tan intensa que solo duró lo que un fin de semana cualquiera. Llegó el sábado y se fue el domingo. Una lección relámpago en logística aérea internacional.

















